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Análisis

VENEZUELA COMO EPISODIO DEL IMPERIO. NI DIPLOMACIA, NI CONGRESO, NI POLÍTICA: NECRO TELEVISIÓN

Yo escribo mientras tanto, escuchando los Réquiems de Mozart y Verdi, no como gesto estético, sino como acto mínimo de duelo. Porque esto no es política exterior ni debate democrático: es necro-televisión. Y alguien, al menos, tiene que escribir mientras pasan los créditos.


Eliseo R. Colón Zayas

Presidente Periodismo Siglo XXI


El ataque de Trump a Venezuela es un episodio más de una serie larga y obscena donde la guerra se narra como espectáculo y la destrucción ajena como prueba de liderazgo. No vayan a creerse que es un “incidente”, o una “estrategia fallida”. 


Imagen difundida por el presidente Donald Trump en Truth.
Imagen difundida por el presidente Donald Trump en Truth.

"¡Ah, pero qué espectáculo!” Hoy 3 de enero, la JGo no se pudo montar en su avioncito para pasar el fin de semana en Foquinsompleis. Y, ¡ay, bendito!, el comisionado residente, excelso político de figura cuidadosamente podada y domesticada para no crecer, atragantándose vía “streaming” con paz y democracia versiones Olympus y Angel has fallen. 


Aquí estamos hoy, 3 de enero, ante Donald J. Trump, un personaje salido directamente del universo de las franquicias de ley y orden —NCIS y sus derivados, SWAT, Hawaii Five-0, FBI y sus franquicias, o Homeland—, esas series estadounidenses donde el mundo se reduce a la eliminación implacable del enemigo y donde la violencia siempre aparece como solución moral. Desde ese guion televisivo, Trump ataca a Venezuela y, con ella, al pueblo venezolano, convertido una vez más en antagonista de temporada. 


No cabe la menor duda que la era de Trump tiene su mejor espejo en el pastiche que conforman las series de televisión estadounidense de las últimas décadas. ¡Qué tragedia, qué comedia, qué reality show en horario estelar! Un despliegue de testosterona uniformada, de justicieros de pasillo y de sabuesos infalibles que resuelven todo en 40 minutos, salvo la corrupción sistémica y el cinismo de sus propios creadores.


El reality show de Donald Trump no necesita ficción. Lleva cintillo de basado en hechos reales. La diferencia es que, en lugar de concursos de talentos o romances prefabricados, lo que se consume hoy en horario estelar es la violencia geopolítica sobre Venezuela y el Caribe convertida en entretenimiento. 


Trump no gobierna. Trump produce el más reciente capítulo de FBI International. Trump se erige simultáneamente como director, productor ejecutivo, actor principal y narrador omnisciente de una franquicia ideológica donde Estados Unidos siempre “salva al mundo” y donde cualquier país que no obedezca el guion merece ser castigado. Venezuela y el Caribe aparecen, así como los villanos recurrentes: un territorio reducido a cliché, una nación convertida en escenario, un pueblo transformado en daño colateral aceptable.


La pregunta no es solo qué tipo de mentalidad permite a Trump ordenar o celebrar este tipo de agresión, sino qué tipo de subjetividad colectiva lo aplaude. Porque Trump no actúa solo. Trump encarna. Es el síntoma más visible de una cultura política entrenada durante décadas por la televisión, por las series policiales, por el imaginario de “ley y orden”, por la fantasía del sheriff global que dispara primero y pregunta nunca.


La cultura de masas estadounidense ha hecho su trabajo de producción simbólica con eficiencia industrial. Ha enseñado a millones de espectadores a pensar el mundo como una sucesión de amenazas, a confundir complejidad con debilidad y a interpretar la violencia como solución narrativa. En ese marco, bombardear, sancionar o asfixiar económicamente a Venezuela no es inmoral: es coherente con el género. El público ya sabe quiénes son los buenos y quiénes los malos antes de que empiece el episodio.


Trump, entonces, no es un monstruo aislado ni una anomalía histórica. Es el producto premium de un ecosistema mediático estadounidense y global que convirtió la política en espectáculo, la diplomacia en insulto y la guerra en rating. Su impunidad no proviene sólo del poder institucional, sino de algo más inquietante: la familiaridad. Trump resulta reconocible a las masas estadounidenses, incluso tranquilizador, porque habla el lenguaje que la televisión enseñó, porque actúa como el protagonista que la audiencia espera.


Atacar a Venezuela, en este contexto, no requiere argumentos. El congreso de EEUU ya no sirve para nada. Para Trump, basta con activar los códigos. El enemigo ya está escrito. El público estadounidense ya está entrenado. La barbarie se desliza sin resistencia porque viene envuelta en una narrativa conocida, repetida hasta el cansancio, legitimada por décadas de ficción policial y fantasía imperial.


Lo verdaderamente atroz no el ataque en sí, sino la naturalidad con la que se consume. No hay escándalo duradero, no hay duelo mediático, no hay incomodidad ética. Es sólo otro episodio, otra temporada de Homeland. Es otra demostración de que, en el imperio del espectáculo, la violencia contra el Sur Global no es una excepción: es parte del formato.


Y mientras el público aplaude, Trump sonríe, JGo alquila un jet rumbo a Foquinsompleis y Pablo José Hernández intenta hacer streaming, convencidos todos de que el espectáculo no se interrumpe. Saben que el show continúa. Saben que la cultura de masas los absuelve antes de que hablen. Saben —porque así se les enseñó— que en esta puesta en escena la impunidad no es un error del sistema: es el premio mayor.


Yo escribo mientras tanto, escuchando los Réquiems de Mozart y Verdi, no como gesto estético, sino como acto mínimo de duelo. Porque esto no es política exterior ni debate democrático: es necro-televisión. Y alguien, al menos, tiene que escribir mientras pasan los créditos.

 
 
 
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