top of page
Análisis

DIOS NO GRITA, ADMINISTRA O CUANDO PENSAR ESTORBA

Eliseo R. Colón Zayas

Presidente Fundación Siglo XXI


Por eso, hoy pensar no es producir mejores mensajes, sino interrumpir el flujo. Pensar es sabotaje informacional. Pensar es detenerse cuando todo acelera, introducir memoria donde sólo hay actualización, devolver cuerpo donde sólo hay señal. Cuando el poder exige obediencia, pensar ya es una forma de desobediencia.


Network, el payaso soberano y el nuevo totalitarismo


Como estudioso de los procesos mediáticos, siempre he desconfiado de los gritos. No porque no expresen un malestar real, sino porque el sistema los adora. Los gritos son su materia prima favorita. Ahí tienen a un Thomas Rivera Schatz en el circo isleño. Por eso regreso una y otra vez a la película de 1976, Network, no como cine de culto, sino como manual anticipado del presente, como archivo obsceno de una mutación histórica decisiva que marcó el paso de la política como conflicto a la política como administración, del antagonismo al procedimiento, del sujeto que grita al sistema que gestiona.


Presidente del Senado PR, Thomas Rivera Schatz. (Foto Captura, sesión en vivo)
Presidente del Senado PR, Thomas Rivera Schatz. (Foto Captura, sesión en vivo)

Network condensa esta mutación en dos escenas que funcionan como un díptico teológico. Primero, el estallido del personaje Howard Beale —“I’m as mad as hell, and I’m not going to take this anymore!”—, un grito que suele celebrarse como un despertar político. ¡Error! Beale no despierta. Beale ha sido despertado para ser usado. Su rabia no produce pensamiento ni organización; produce rating para el canal. Es afecto sin estructura, pathos sin semántica, emoción lista para ser capturada, editada y monetizada. Luego aparece otro personaje, Arthur Jensen, y pronuncia el credo definitivo: “The world is business”. Ahí muere la política. Ahí nace la administración. Dios ya no es ley ni justicia ni pueblo. Dios es flujo, corporación, sistema. No castiga ni redime. Dios optimiza.


Ese Dios no necesita creyentes. Necesita sólo operadores eficientes.


Desde ese umbral simbólico, el fenómeno de Dios-Donald Trump se vuelve plenamente inteligible. Trump no es un ideólogo y ahí radica su fuerza. Es algo más inquietante. Trump es un dispositivo semiótico altamente eficiente en términos informacionales. No organiza el mundo en términos de verdad o falsedad, sino en términos de alineación y desalineación. No pide comprensión; exige lealtad performativa. No necesita que se crea en él; basta con que se lo repita y se obedezca. Dios-Trump no inventa la rabia social: la administra, la acelera, la hace circular como señal. La convierte en espectáculo, en algoritmo, en consigna redundante de baja complejidad semántica y alta intensidad afectiva.


Desde una perspectiva sociosemiótica dura, esto es decisivo. El trumpismo no es una doctrina coherente, sino un régimen de sentido informacional. El lenguaje ya no está ahí para explicar el mundo, sino para mantener el flujo. Importa menos lo que se dice que el hecho de que circule sin interrupción. La política deja de ser deliberación y se vuelve gestión de canales: de capital, de datos, de cuerpos, de miedos, de obediencias.


En estos momentos históricos, la lectura de Hannah Arendt resulta más incómoda que nunca, pero necesaria. En su libro Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal, Arendt no nos ofreció consuelo moral, sino una herida que no se cierra, y menos aún en los tiempos que corren. El servil funcionario nazi Eichmann no era un monstruo, sino un empleado ejemplar. Representaba al empleado del mes por sus principios de calidad total. No odiaba; cumplía. No pensaba; ejecutaba. No reflexionaba; optimizaba el sistema. La banalidad del mal no reside en la crueldad, sino en la suspensión del juicio, en la pobreza simbólica que impide interrumpir la orden con una pregunta ética.


El error contemporáneo es creer que el totalitarismo necesita fanáticos. ¡No! Necesita trabajadores obedientes que no hagan ruido.


Esa lógica se vuelve particularmente visible en agencias como ICE, el FBI o la CIA, donde la violencia no se nombra como tal, sino como un procedimiento técnico. Personas convertidas en “casos”, familias en “expedientes”, deportaciones en “procesos”. El lenguaje hace el trabajo sucio: traduce el daño en trámite. El agente no se vive como autor, sino como engranaje. Y cuando nadie se reconoce como autor, el crimen se vuelve sistémico. “Yo solo hago mi trabajo” es hoy la frase más peligrosa —y obscena— del siglo XXI. Su pobreza simbólica le impide funcionar de manera ética. “Mato y asesino porque es mi trabajo”.


En Los orígenes del totalitarismo, Arendt fue aún más lejos. No hay totalitarismo sin imperialismo. No se refería solo a banderas y conquistas, sino a algo más profundo. Hablaba de la administración de poblaciones, de la normalización de la excepción y de la disolución del derecho en nombre de la eficacia. Y advertía algo que hoy se cumple con precisión quirúrgica: las técnicas imperiales ensayadas en las periferias regresan al centro como la normalidad. 


¡El famoso efecto boomerang!


Desde esa clave, las políticas neoimperiales de Trump no son anomalías, sino síntomas. Puerto Rico reaparece como plataforma logística, un territorio sin soberanía plena donde se ensayan dispositivos jurídicos, económicos y militares. Venezuela se convierte en “problema” por su gestión y por gestionar; Groenlandia, en real estate geopolítico; Cuba e Irán, en escenarios permanentes de excepción. La película Network lo había anticipado con brutal claridad. Cuando el mundo es big business, la soberanía estorba y el derecho constitucional e internacional es ruido.


Puerto Rico ocupa un lugar especialmente frágil en este esquema. No porque esté “derivando” hacia el autoritarismo, sino porque ya vive en una condición de excepción estructural. PROMESA, la Junta de Supervisión Fiscal y la subordinación jurídica: todo ello configura un régimen en el que la democracia es decorativa y la decisión real se desplaza a instancias no electas. En ese contexto, el indulto presidencial a Wanda Vázquez Garced no es un escándalo aislado, sino un acto semiótico pedagógico. Enseña que la ley es negociable, que la corrupción se borra si se obedece bien, que la justicia es reversible cuando se pertenece al flujo correcto.


La aclamación de Trump por parte de Jenniffer González no es ingenuidad ni lapsus. Es un alineamiento estructural con una lógica en la que el poder no se legitima por principios, sino por su proximidad al centro imperial. No hay traición a Puerto Rico ni a los puertorriqueños. ¡Hay coherencia colonial con el Dios-Trump!


Aquí entra el elemento decisivo del nuevo totalitarismo: la payasada. Las burlas, los errores grotescos, las afirmaciones históricamente absurdas —como decir que Colón llegó a Puerto Rico por San Juan— no son fallas del sistema. Son operadores semióticos centrales. El payaso no es el enemigo del poder; es su forma contemporánea. La payasada desacraliza el poder para que sea inmune a la crítica. Si corriges, eres elitista. Si analizas, exageras. Si te indignas, no entendiste el chiste.


Trump encarna a la perfección la figura del bufón soberano. En la tradición medieval, el bufón podía decirlo todo porque carecía de poder. El Trump-Dios invierte la lógica: dice cualquier cosa porque tiene poder. Su ridiculez constante satura el espacio mediático, normaliza la incoherencia y fomenta el cinismo. Y como bien ha señalado el mediático Slavoj Žižek, el cinismo no debilita al poder: lo estabiliza. El sujeto no cree, pero obedece. Se ríe, pero sigue.


En este nuevo totalitarismo, la risa cumple la función que antes desempeñaba el terror. No paraliza por miedo, sino por anestesia del sentido. La burla reemplaza al juicio, el meme sustituye al argumento, la comedia interminable disuelve toda exigencia de responsabilidad. Todo fluye y, para el Trump-Dios, todo funciona.


Aquí se cierra el círculo con la teoría de la información. Funcionar significa transmitir sin interrupción. El buen sujeto es el de baja entropía: no introduce ruido, no frena el canal, no pregunta demasiado, es de pobreza simbólica. Pensar se vuelve sospechoso porque ralentiza. La ética aparece como interferencia. 


El pensamiento crítico es ruido.


Por eso, hoy pensar no es producir mejores mensajes, sino interrumpir el flujo. Pensar es sabotaje informacional. Pensar es detenerse cuando todo acelera, introducir memoria donde sólo hay actualización, devolver cuerpo donde sólo hay señal. Arendt lo sabía. El totalitarismo comienza cuando dejamos de pensar desde el lugar del otro. Pier Paolo Pasolini lo gritó con el cuerpo al recordar que cuando el lenguaje muere, el poder gana. Žižek lo repite con incomodidad: sabemos todo esto… y aun así seguimos.


¿Hay salida? Sí, pero no será bonita. No hay salida dentro del sistema de flujos. No hay redención a través de la obediencia “crítica”. Un mundo sin Trump y sin las Jenniffers de la vida y sus acólitos no empieza por sacarlos del escenario, sino por desmontar la estructura simbólica que los hace posibles. Florecer no es adaptarse. Florecer no es funcionar. Florecer es pensar cuando pensar estorba.


Tal vez no veamos ese mundo. Pasolini no lo vio. Arendt murió sin consuelo. Pero ambos sabían algo esencial. Cuando el poder exige obediencia, pensar ya es una forma de desobediencia.


Y hoy, créanme, eso sigue siendo radical.

 
 
 

Comentarios


bottom of page